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LA REALIDAD NO EXISTE

Todos nos inventamos la realidad. Sea esta presente, pasada o futura. Aunque parezca mentira, buena parte de nuestros recuerdos son inventados y nuestras predicciones de futuro son probablemente erróneas. Para colmo, aquello que vivimos en el presente, no es realmente lo que vivimos. Es tan sólo aquello que interpretamos que vivimos.

La mente humana es maravillosa, sí, pero, dentro de su grandeza, no deja de ser una máquina imperfecta que se hace trampas al solitario.


Dos caras, una misma moneda


El 3 de abril de 1996, tras 17 largos años de erráticas investigaciones, dos agentes del FBI detuvieron a Theodore Kaczynski a las puertas de su minúscula y rudimentaria cabaña, donde vivía apartado de la civilización, sin luz ni agua corriente, en las entrañas de un bosque de Lincoln, en Montana (USA).


Kaczynski, autor de 16 atentados terroristas con paquete bomba que causaron 23 heridos graves y 3 fallecidos, representó un auténtico dolor de cabeza para el FBI durante los 17 años que duró su terror y supuso la más larga y costosa investigación que jamás hubiera llevado a cabo la Oficina Federal de Investigación de los Estados Unidos.


Debido a que sus objetivos eran principalmente universidades y aviones de líneas aéreas, el expediente fue bautizado como el “Caso Unabomb” (University – Airlines Bomber), por lo que los medios de comunicación denominaron al terrorista como el “Unabomber”.


Las acciones terroristas que cometió a través del envío de paquetes bomba formaban parte de una estrategia cuyo único fin era ser escuchado (y admirado) por una sociedad que siempre le había dado la espalda. La visión de Kaczynski, profundamente crítica con el desarrollo de la sociedad contemporánea, centrada en las fatales consecuencias que tuvo para el Hombre el desarrollo tecnológico posterior a la Revolución Industrial, quedó claramente reflejada en un escrito de 56 páginas titulado “La sociedad industrial y su futuro”, más conocido como El Manifiesto Unabomber. Ese era su legado.


Lo rudimentario de los artefactos explosivos en sus primeros atentados, impidió al neoludita generar víctimas mortales. Frustrado, cambió su modus operandi y para su siguiente atentado, cuyo objetivo era una tienda de electrónica, decidió depositar él mismo el paquete mortal en el parking del establecimiento, momento en que fue visto por una dependienta, que se convirtió así en la única testigo presencial del Unabomber.


Interrogada por el FBI, la declaración de la testigo fue interpretada muy hábilmente por un grafista federal, quien realizó un retrato robot tan fidedigno, que Kaczynski decidió dejar de matar durante los 6 años posteriores, para evitar ser reconocido. Una década después, en plena vuelta a la actividad terrorista del Unabomber, el FBI volvió a citar a la misma testigo a partir de cuya descripción, Jeanne Boylan, una de las artistas forenses más reputadas del FBI, generó un nuevo retrato robot, el cual se hizo tan famoso que ha llegado a convertirse en un icono de la cultura pop.


El problema fue que, esta vez, su difusión no sirvió para detener la actividad de Unabomber, puesto que el dibujo no se correspondía en absoluto con la realidad física de Kaczynski. Lo que se creyó un activo importante para el avance del caso, fue en realidad una enorme pista falsa que perjudicó una investigación, ya de por sí infructífera.


¿Cómo pudo suceder? La misma persona que fue capaz de describir a alguien con tal precisión, años más tarde, realiza una descripción totalmente alejada de la realidad.


La voluntad de colaboración de la testigo es innegable. Ella describió realmente al Unabomber. La explicación es sencilla: el primer retrato robot se correspondía a una descripción fidedigna basada en el recuerdo fresco de un estímulo reciente (aunque muy breve) que la testigo pudo grabar y fijar en su memoria en unos segundos. Sin embargo, se comprobó que el segundo retrato respondía casi a la perfección a los trazos físicos del grafista que se encargó de realizar ese primer retrato robot y con el cual la testigo había compartido, hacía 10 años, una experiencia estresante, durante más de 2 horas. El tiempo había diluido en su mente los datos tan precisos con los que fue capaz de describir al asesino, pero la memoria tiene la obligación de “rellenar” esos “espacios vacíos” y para ello la testigo hizo uso de los “datos” de todo aquel conjunto de sucesos que significaron su experiencia, atribuyendo relevancia, inconscientemente, a los rasgos físicos del primer dibujante, con el que compartió más tiempo. ¿Mintió? En absoluto. Simplemente, describió a Kaczynski tal y como lo recordaba, aunque no tuviera nada que ver con él.


Esta historia es un ejemplo de cómo nuestra mente nos engaña a través de lo que llamamos “sesgos cognitivos” que, como decía al principio, están presentes en todo momento.


Pero ¿por qué nos engaña nuestra mente?


Los sesgos cognitivos (o prejuicios cognitivos) son efectos psicológicos que causan alteración en el procesamiento de la información captada por nuestros sentidos, generando una distorsión, un juicio erróneo o una interpretación que no se corresponde al fundamento de la información de que disponemos, de un modo sistemático.


En realidad, los sesgos cognitivos responden a una necesidad evolutiva y facilitan la misión principal de nuestro cerebro: nuestra supervivencia. Así, permiten a nuestra mente la creación de constructos, de juicios inmediatos para responder ágilmente ante determinados estímulos, problemas o situaciones complejas, cuya correcta interpretación requeriría de un proceso complejo de la información para el que no disponemos de tiempo, por lo cual aplicamos un filtro subjetivo. Es decir, agilizamos la respuesta rellenando los huecos con suposiciones a las que damos validez de un modo inconsciente, asignando así un significado completo y lógico al todo.


De este modo, somos capaces de tomar decisiones importantes en muy poco tiempo, lo que, en determinadas ocasiones, puede garantizarnos seguir vivos, pero también nos asegura que cometamos errores; y es que las personas siempre interpretamos y recordamos las historias intentando que encajen dentro de nuestros propios esquemas mentales para tranquilizarnos y seguir vivos.


En el caso de la testigo del “Unabomber”, su sesgo cognitivo es de memoria. Su deber era describir al terrorista, por lo que su mente rellenó esos espacios vacíos con datos falsos, pero coetáneos, guardados en otro espacio de su memoria. Así, construyó su realidad con total firmeza y convencimiento.


Como afirma la Catedrática en Psicología Experimental, Helena Matute, en su libro “La Mente nos engaña”: “Inventar realidades que no percibimos, igual que tomar decisiones sin disponer de todos los datos, nos proporciona una enorme ventaja evolutiva. Pero también es verdad que todo esto en ocasiones dará lugar a errores. Inventaremos cosas que no existen, inventaremos recuerdos, tomaremos decisiones basadas en razonamientos absurdos”.


Así, podemos decir que, a fin de cuentas, no percibimos la realidad tal y como es, sino como mejor casa con nosotros. “Nuestra mente nos engaña y cuanto antes seamos conscientes de ello, mejor. La adaptación no consiste en percibir y recordar fielmente la realidad, sino en percibir y recordar aquello que mejor nos ayude a tomar decisiones más adecuadas para lograr un mayor nivel de supervivencia”.

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